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martes, 22 de julio de 2014

ALGUNAS TARDES DE VERANO

ALGUNAS TARDES DE VERANO...

Algunas tardes iba con mi madre al Cigarral del Conejo a comprar pepinos y pimientos de la huerta. Solíamos salir alrededor de las siete, después de la siesta y de la fogata de la tarde, pero lo suficientemente temprano para que no se nos hiciera demasiado tarde por el camino. Yo siempre iba contenta y estaba dispuesta a acompañarla, porque de ese modo hacía algo diferente a lo de los demás días. Nos separaban un par de kilómetros, pero eran carretera abajo, y nunca volvíamos demasiado cargadas. Creo que mi madre lo hacía también por dar un paseo y hablar con la gente. Allí, en medio del campo, no había muchas ocasiones para conversar y por eso buscaba estos pequeños pretextos para salir del aislamiento y distraerse. Al llegar estábamos cansadas , más por el calor que por el trayecto que caminábamos, y nos sentábamos en una explanada, junto a la casa de los guardeses que se ocupaban de la huerta y otros menesteres. Sobre un poyete de pierda que había pegado al muro en dirección a la puesta de sol. Allí nos refrescábamos un poco, mi madre hablaba un ratito con la mujer y después compraba los pepinos y pimientos. Grandes, jugosos, recién cortados.. cultivo biológico cien por cien, y a un precio mucho más bajo que lo que se compraba en las tiendas. Productos de primerísima calidad, que vendían a los vecinos de alrededor y con los que mi madre hacía exquisitos gazpachos y pistos. Luego, antes de que se hiciera de noche, cuando el sol ya estaba cayendo, regresábamos a casa y mi madre hacía la cena.
Otras veces íbamos a la finca de Los Palos, debajo de un monte, donde había una vaquería. Allí me gustaba mucho ir porque siempre me daban un vaso de leche fresca que estaba riquísima. En casa, como en la mayoría de los hogares, se compraba siempre leche de vaca recién ordeñada, a granel, sin cocer ni pasteurizar. Todavía no había llegado la comercialización a gran escala de la leche embotellada, y se pensaba que la leche fresca de las vaquerías era la de mejor calidad. La tenían en grandes barreños y en camiones los llevaban a la ciudad para distribuirlos entre las tiendas, y se vendía así. La gente iba con su lecherita y la lechera con un cazo-medidor iba llenándola. Después en casa, había que cocerla antes de tomar, pues podía estar llena de gérmenes y transmitir enfermedades. Mi madre la cocía varias veces para matar cualquier bichito que hubiera, y después había que dejarla enfriar y que se hiciera la nata por encima. Cuanta más gruesa fuera ésta, la leche era de mejor calidad.
A mí me encantaba. La leche fresca siempre fue una de mis bebidas favoritas. La tomaba con mucha frecuencia y por eso me gustaba tanto ir a Loches para que me dieran un vasito. Era como una golosina.

¡Qué vida más sencilla la de aquellos años! Rodeados de naturaleza y viviendo el día a día en toda su plenitud. Disfrutando de las pequeñas cosas que se tenían, un simple paseo a la caída de la tarde o el regalo de un vasito de leche fresca.

domingo, 13 de julio de 2014

MI PERRO


 ( dibujo tomado de Internet)

MI PERRO
El perro de mi infancia fue, sin lugar a dudas, "El Bobi". Hijo de una perrita llamada Linda que también vivía con nosotros. Era un chuchillo, de color canela y blanco por algunos sitios, de estatura media, no rebasaría a un cocker. Yo le tenía como un juguete más, de cachorrillo le vestía con mis trajes de pequeña y le daba paseos con un cochecito de bebé viejo y destartalado que no sé de dónde habría salido. El animal estaba atemorizado, no le gustaba que le subiera en el carrito, le daba mucho miedo, y a la menor oportunidad saltaba y se escondía entre los árboles para que no pudiera encontrarle.
Cuando se hizo mayor, mi padre, muchas veces, lo ataba en el patio, porque a la mínima oportunidad se escapaba y podía pasarse todo el día por ahí, con el consiguiente peligro de atropello o de caer en alguna trampa para cazar conejos.
Para mí era como un peluchito, alguien que iba creciendo conmigo, él haciéndose viejo, y yo, una jovencita. Algunas veces le cogía con la correa y le sacaba a dar un paseo por los alrededores. A él le gustaba mucho y disfrutaba de lo lindo. Otras veces era él mismo el que se escapaba, al menor descuido , si estaba suelto en el patio y veía la puerta abierta salía corriendo como alma que lleva el diablo, cruzaba la carretera y se perdía por el Camino de las Acacias. De nada servían los gritos desesperados de mi madre para hacerle volver, él seguía desobedeciendo, feliz de haber encontrado la ansiada libertad, y hasta que su estómago no le demandaba comida no volvía a casa. Por lo demás era muy cariñoso y bonachón, nunca mordió ni dió ningún signo de agresividad.
Dormía en el garaje, pero algunas veces mi padre le dejaba entrar en la casa por la noche, mientras veíamos la televisión. Se tumbaba feliz en un rinconcito al lado de la mesa donde cenábamos. Le encantaba ser nuestro invitado, pero cuando era la hora de acostarse volvía a su montón de sacos y mantas viejas del garaje, o a su caseta de albañilería que tenía en el patio, junto al almendro. Lo hacía sin rechistar, contento de haber pasado ese rato con nosotros.
Recuerdo que las tormentas le daban muchísimo miedo, los truenos le aterraban y se metía entre los palos de leña que mi padre amontonaba en una esquina del patio, al resguardo de la lluvia, allí, el animalito, encontraba refugio pero temblaba todo su cuerpo y de nada servían mis palabras de tranquilidad y consuelo que trataba de hacerle llegar. Se quedaba quietecito, agazapado, hasta mucho después  de que la tormenta diera a su fin.
Él fue protagonista de mis juegos, compañero en mis lecturas infantiles, testigo de la aparición de mis primeros granos y espinillas, de mi primer enamoramiento, del trasiego de la adolescencia y el regreso a la estabilidad de la juventud. Me conoció siendo niña y me dejó convertida ya en una mujer joven.
Fue un día de pleno verano. Sus facultades estaban ya muy mermadas por la edad, oía y veía mal, sin embargo el gusto por escaparse no le había abandonado todavía, y una tarde, que encontró la puerta abierta, se fue como tantas otras veces, solo que ésta ya no regresaría. Lo esperamos aquel día hasta bien entrada la noche, pero cuando vimos que a la mañana siguiente todavía no había regresado , nos pusimos en guardia. Algo le había pasado, nunca tardaba tanto. Por la tarde mi madre y yo salimos en su busca, hicimos una buena batida por los alrededores, buscando por todas partes y preguntando a los vecinos , hasta que alguien nos dijo que, por la carretera de abajo, había un perro en la cuneta atropellado por un coche. Nos pusimos en lo peor. Angustiadas, llegamos  a la zona...¡y allí estaba el pobre Bobi! Muerto ya con un terrible golpe en un costado. El corazón se me encogió de pena y no pude evitar las lágrimas. Mi padre lo enterró al lado de la casa, muy cerquita de donde yo jugaba de pequeña.

Después de él hubo otros, a los que también quise, pero " el Bobi" siempre será el primero, el de mi infancia. Descanse en paz.

domingo, 6 de julio de 2014

AQUELLA MARAVILLOSA HIGUERA

LOS HIGOS , MANJAR DE DIOSES


La señora Miguela vivía cerca de mi casa. Su marido se llamaba Saturnino y le veía trabajar todas las mañanas en una huerta que tenían en la parte de atrás de su casa.
Por delante tenía una higuera frondosa, extraordinaria, que cuando llegaba el verano se llenaba de brevas riquísimas. Ella sabía que a mí me gustaban mucho y cuando me veía decía:
- Ven cuando quieras a coger brevas. Ya están maduras y nosotros no las comemos. Llévate las que quieras.
Y mi madre me mandaba con un cesto a por ellas. Por la noche me daba un festín. ¡Estaban tan ricas! ¡Tan gorditas y llenas de ese néctar dulzón! Fresquitas ,en el frigorífico, eran un manjar.
Tanto me gustaban los higos que mi padre plantó también una higuera en medio del patio de casa, cerca de la cocina. El abuelo ideó un artilugio para coger cómodamente los que se quedaban arriba. A un palo largo le ató un bote, de tal manera que extendiendo el palo hacia donde estaba el higo, se cortaba, y éste caía con facilidad en el interior. Sin embargo no eran tan ricos como las brevas de la señora  Miguela.
Otras veces también iba  a su casa a por hierbabuena para el cocido cuando me lo decía mi madre. Tenía una mata bien hermosa en el patio, junto a un pozo. La recuerdo como una mujer bonachona, regordita y ya mayor, con nietos de mi edad. Siempre iba con el pelo lleno de canas recogido en un moño muy estirado, y llevaba unas gafas de culo de vaso. Vivía con su marido, que como he dicho antes, se llamaba Saturnino, aunque todo el mundo por allí le conocía como " El Cano", incluso su misma mujer así le llamaba cuando a él se refería. Se pasaba el día arreglando la huerta. Yo le veía desde la parte de atrás de mi casa, cuando salía a jugar por ese lado.
Ahora todo aquello ha desaparecido. Ellos dos murieron hace ya muchos años. Sus hijas vendieron la casa y la huerta y hoy se ha convertido en un merendero, lleno de gente extraña que va y viene pisoteando con sus coches la árida explanada en lo  que se ha convertido la huerta de " El Cano", nada saben de las historias que encierra el lugar y de las gentes que las protagonizaron. Sin saberlo son intrusos que profanan una tierra que fue querida y amada por otros mucho antes de que ellos aparecieran.

Cuando paso por allí...¡Está todo tan cambiado! Y no puedo evitar recordar aquellos años y sentir una cierta nostalgia. Para mí eran tiempos felices y despreocupados. Arropada por el calor y la protección de mis padres y mis abuelos...¡ y con toda la vida por delante!