sábado, 31 de agosto de 2013

COMENZAMOS NUEVA TEMPORADA



Las vacaciones van tocando a su fin. El lunes muchos estaremos ya en nuestros puestos de trabajo, con nuevos proyectos e ilusiones para poner en marcha. " Cuaderno de colores" cambia de traje y deja descansando, de momento, las historias entretenidas del verano para dar paso a otros temas de carácter educativo, acordes con el periodo laboral que empezamos muchos.
Pero antes que nada, y a modo de transición, quisiera destacar tres hechos que han ocurrido en este pequeño paréntesis y que me gustaría darlos a conocer:

1.EL BLOG HA CUMPLIDO DOS MARAVILLOSOS AÑOS DE VIDA


Y como es de esperar no podía dejar pasar este momento sin dar las gracias a los 424 seguidores que ya tiene y a todos los amigos y visitantes que de vez en cuando se acercan hasta este rinconcito para leerme y hacer un rato de compañía. Vosotros sois la bomba de oxígeno que me anima a seguir siempre. Gracias infinitas por estar ahí.

2.EL REGALO DE JULIO JIMÉNEZ
Un día de este verano al abrir el correo me encontré con una bonita poesía que me había dedicado mi amigo Julio, del  Colegio Príncipe de Asturias. Me llenó de una gran ilusión.


"El hada de los cuentos"
                                para Pilar  Argés.

Conozco a un hada
que, como arañita tenaz,
laboriosa y trabajadora
con paciencia y delicadeza 
maneja su telar.

Teje cuentos y poemas.
Con lápiz, paleta y pincel
llena cuadernos de colores,
ilustrando todo lo que crea,
hilvanando recuerdos anteriores.

De sus sabios consejos
lúcidas páginas llena,
es... "el hada de los cuentos",
alma máter de Pilar,     
que entre los cigarrales
de su Toledo imperial
revolotea cual mariposa singular
hilando historias sin igual. 

      Julio Jiménez

¡¡¡Gracias, Julio!!!

3.EL BLOG  CUENTOS DE TIHADA HA CUMPLIDO CUATRO AÑOS
Y lo ha celebrado por todo lo alto haciendo un video estupendo de todos los intercambios creativos que se han hecho en ese tiempo.Os lo presento aquí, porque a mí me llegó a emocionar. Os dejo también el enlace para que conozcáis el blog. Si os gusta la creatividad, la poesía y los cuentos...¡NO OS LO PODÉIS PERDER!
http://youtu.be/YO3EbRhC_Cw

Y el próximo día ...¡¡¡EMPEZAMOS!!!

domingo, 25 de agosto de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 8


















Después de aquel terrible día, Pedro vio aumentar todavía más su desolación. La esperanza de verse libre, mermaba por momentos. Cada vez más debilitado pasaba las horas tendido o recostado en un rincón. Su situación era extraña, nadie había ido a buscarlo desde el primer día del interrogatorio y tampoco le habían aplicado ningún tipo de tortura. Solamente una vez recibió un paquete con una manta. El carcelero se lo tiró entre las rejas sin más. Pedro agradeció aquel gesto, viniera de quien viniera. Ahora por lo menos estaba seguro que había alguien allí fuera que se acordaba de él ¿Sería su padre? Hubiera dado media vida porque así fuera, pero después de las palabras tan duras que tuvo con él y del comportamiento de las últimas semanas que estuvo en su casa, era casi imposible que pudiera proceder de su padre. Quizás su madre...¡pero tampoco! Aunque ella pensara hacerlo, no se atrevería a ponerse en contra de su marido a quien debía respeto y obediencia. Como quiera que fuera, lo cierto era que se sentía cada vez más triste y hundido ¿Sería su fin la hoguera? ¿O tal vez el garrote? Necesitaba un clérigo sin tardanza, debía confesar sus pecados y estar preparado para cuando vinieran a buscarle.
Y en esos pensamientos se encontraba, cuando apareció al otro lado de la reja un monje franciscano con el que había trabajado mano a mano durante la epidemia de cólera. Un monje al que conocía bien y que había ayudado a morir a mucha gente.Lo primero que pensó Pedro fue que se le había trastornado la cabeza y tenía ante sí un espejismo, sólo se convenció de que era verdad cuando Fray Genaro, que sí se llamaba el monje, avanzó hacia él y le habló:
--¿Cómo estás , hijo?
-No muy bien, padre. Ya veis en qué condiciones me encuentro.
-Tienes los ojos enrojecidos
-Es por la humedad y la falta de luz. Desde que entré aquí no he visto el sol, pero puedo considerarme con suerte si me comparo con los demás presos, a ellos les dan tormento todos los días.
Entonces fray Genaro se inclinó hacia él y, con gesto protector, tomó las manos del muchacho entre las suyas.
- He venido a darte una noticia importante. La sentencia ya ha salido.
-¿De qué se me acusa? ¿Por qué estoy aquí? ¿Me han condenado? ¿Y mi familia? ¿ Les han detenido a ellos?
- Tranquilo, hijo mio, tranquilo que todo lo has de saber. Ya ves que corren malos tiempos para los judíos conversos como tú, y que aún habrán de pasar muchos años antes de que las cosas se normalicen y podamos vivir en paz todos los que amamos a Jesús. Muchos son los cristianos viejos que aún recelan de los conversos y a veces se corren rumores infundados sobre esta persona o aquella, sin que exista verdadero motivo o una prueba concluyente. Es por esto, que hasta el Santo Oficio llegaron ciertas habladurías que ponían en tela de juicio tu conversión al cristianismo. Entonces decidieron detenerte para ver qué había de cierto en los rumores que circulaban. Pero al enterarse de tu detención, fueron muchas las personas que salieron en tu defensa y que voluntariamente daban testimonio de la sinceridad de tus actos. Tu padre fue el primero en defenderte. Removió cielo y tierra para que te dejaran en libertad, y también tu amigo Fernando se presentó para dar testimonio de tu fé, nada más enterarse, y muchos otros cristianos a los que diste ayuda y consuelo este verano, cuando la enfermedad y la muerte hizo presa en nosotros, y yo mismo vine a hablar con el inquisidor dando pruebas de tu piedad y buenas obras. Al final no encontraron nada contra tí, y han decidido liberarte sin cargo alguno.
A la mañana siguiente le trajeron una palangana y le lavaron las llagas de los pies para que pudiera andar. Después apoyado en los brazos del carcelero fue dando tumbos hasta la salida. Sus articulaciones estaban como oxidadas, y sus piernas no aguantaban el peso. La luz le hirió cuando atravesó las puertas de la prisión. Le cegó de tal manera que le fue imposible mirar de frente y tuvo que bajar la vista hacia el suelo con los párpados enteabiertos. Anduvo unos cuantos pasos, y luego de repente, notó unas manos fuertes y poderosas que se posaban en su hombro.Levantó la cabeza para ver de quién se trataba y no pudo aguantar la claridad.
- Pedro- oyó que decía su padre-Soy yo, hijo mío. ¡Cuánto he deseado que llegara este momento! ¡No sabes lo que me han pesado las palabras que te dije! Estaba ciego de rabia y el orgullo no me permitía retractarme de ellas, pero ahora, al verte en este peligro tan grande y comprobar el modo tan injusto como te han tratado, he comprendido muchas cosas. Eres sangre de mi sangre y eso no cambiará jamás, aunque tus ideas y las mías vayan por separado. Ven a casa, hijo mío, tu madre está deseando abrazarte.Este es el día en que has vuelto a la vida y todos nos alegramos por ello.
Pedro hubiera querido decir muchas cosas y no pudo. Sus palabras se convirtieron en llanto antes de darles tiempo a salir. Sintió flaquear sus piernas, débiles y doloridas, mientras su espíritu se elevaba jubiloso. Al fin había llegado el momento de cantar juntos de alegría y dar gracias a Dios, cada uno según sus creencias, con el mayor respeto y sin interferir en el cariño que ambos se tenían. Ahora si había encontrado el camino que le conducía a su verdadero hogar.
Pero aún hubo más motivos de alegría para Pedro en ese día, porque al traspasar el umbral de sus casa le esperaba su buen amigo Elías. Si, aquel que partió para el puerto de Valencia una triste mañana de julio.Casi no podía creer lo que estaba viendo, pensaba que era producto de las noches sin dormir y de tantos pesares como había sufrido.
-¿De verdad eres tú, Elías?
-Si, Pedro, amigo mío. Soy yo. Puedes tocarme y asegurarte de que no soy un sueño.
- Pero...no comprendo...tú te marchaste a Salónica.
-Si. Marché en mala hora, porque no ha pasado ni un solo día desde que me fuí, que no recordara esta bendita tierra que me vió nacer y en la que pasé tiempos tan felices. Estoy pegado a mi patria como el árbol a sus raíces. Aquí nací y aquí he de morir algún día.
-¡Pero tú practicabas el judaísmo!
-Tú lo has dicho. " Practicaba". Ya no lo practico. Me he hecho cristiano, y mis padres y hermanos también. Todo por seguir en tierras de Castilla ¡Nuestra casa!
Y los dos amigos se fundieron en un emocionado abrazo.

El hijo menor de Francisco Gil de Toledo encontró, por fin, la paz y el sosiego que deseaba. Sus padres y hermanos continuaron judaizando en el sótano de su casa, plenamente convencidos de que sus prácticas eran las que les llevarían algún día a alcanzar la Gloria de Dios. Nunca más obligaron a Pedro a que les acompañara en sus rezos y éste pudo seguir libremente el camino que le dictaba su corazón. Nunca más volvió a ser molestado por la Inquisición y pudo vivir en paz consigo mismo. Cuando le llegó el momento del amor, casó con una cristiana, cuya familia  lo era de muchos años atrás, y a partir de entonces sus hijos y todos sus descendientes abrazaron la doctrina de Jesús, sin ningún género de dudas.
El platero de la Calle del Ángel, Francisco Gil de Toledo, se convirtió en el último judio de la familia y envejeció viendo como sus nietos imploraban al Hombre clavado en la cruz. Pero aquello ya no le causaba dolor, ni tristeza, porque comprendió que Dios puede tener muchos nombres. No obstante, cuando notó que se acercaba el momento de su muerte pidió que le enterraran en el Pradillo de San Bartolomé, como el judío que siempre había sido. Y su hijo Pedro no dudó un momento en rezarle la oración de los muertos y poner en la cocina una escudilla de agua y un candil para que su alma se refrescase al salir del cuerpo, como era la costumbre hebrea.
Y así termina una historia más. Es una de tantas entre las muchas que se dieron en aquellos tiempos de agitación e injusticias, donde todo un pueblo fue expulsado y perseguido hasta la muerte en su misma patria.


domingo, 18 de agosto de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO CAPÍTULO 7


















La cárcel era un edificio estrecho lleno de pasillos y recovecos. Las celdas de los presos tenían las paredes del piedra, chorreaban humedad, y por el suelo de tierra, campeaban las ratas a sus anchas. No había ventanas, ni ningún tipo de ventilación porque eran sótanos profundos, y la única luz que se percibía era la de los candiles colgados entre una celda y otra. Tampoco disponían de ningún jergón en el que poder extender el cuerpo cansado y dolorido. Los presos solo podían acurrucarse con la espalda apoyada en la pared.
Pedro sintió un escalofrío al verse en aquel lugar inmundo, lleno de porquería y mal olor. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni quién había podido denunciarle de hacer algo que en realidad no hacía. Notó frío y se acomodó en un rincón. La cabeza le daba vueltas y se sentía aturdido. Clamó a Jesús en busca de ayuda, rezó una y mil veces el Padrenuestro, hasta que ya de madrugada, el agotamiento le venció y pudo dormir un rato.
Cuando despertó estaba ya entrada la mañana, pero él no lo supo, porque en aquellos sótanos nunca amanecía. Después dos carceleros vinieron a buscarle y le llevaron a la sala de interrogatorios. Un encapuchado de larga barba gris le fue haciendo las preguntas, mientras otro, sentado en un pequeño escritorio, iba tomando nota de ello.
-¿Cuál es tu nombre?
-Pedro de Toledo
-¿Es cierto que eres hijo de Francisco Gil de Toledo y que tienes domicilio en la Calle del Ángel?
-Si, señor- contestó Pedro con la cabeza gacha.
- ¿Es cierto que antes de la expulsión de los judíos practicabas la religión de Moisés?
-Si, señor.
-¿ Y es cierto que después recibiste el bautismo cristiano?
-Si, señor.
-¿Y que después de recibirlo has seguido practicando esa ley y ofendiendo a Dios Nuestro Señor?
- ¡Eso no es cierto! ¡Me hice cristiano y desde ese día no conozco otra religión!
-¿Y cómo sé que es verdad lo que dices?
-¡Lo juro!
-Eso no me sirve. Jurar por una cosa en la que no se cree no tiene validez.
Pedro titubeó. No veía la manera de hacer ver al clérigo que lo que decía era cierto.
- ¡Traed una Biblia!- ordenó el encapuchado- ¡Júralo ahora!
 Pedro tomó el libro en sus manos y con voz firme y resuelta, dijo:
-¡Juro por Cristo y su Santa Madre que he dejado las prácticas del judaísmo! No tengo otra manera de hacer ver que lo que digo es verdad, pero Dios es testigo de que mi conversión es sincera.
El inquisidor hizo un gesto, se quedó unos segundos pensando y después , en lugar de mandarle a la sala de torturas, como era la costumbre, le mandó de vuelta a la celda.
Una vez allí, Pedro tuvo mucho tiempo de pensar y rezar. Sobre el suelo de tierra pidió perdón por sus pecados y por todas las ofensas que hubiera podido cometer contra los que amaba y contra los que ni siquiera conocía. Pidió al Todopoderoso que le sacara de aquella encerrona y que protegiera a toda su familia.
Luego, poco a poco, fue conociendo a algunos de los prisioneros que estaban en las celdas cercanas a la suya. A su derecha se encontraba Abraham Yonah acusado de cocinar adafina el viernes por la tarde. A su izquierda estaba Simeón Leví, al que s ele había encontrado en el sótano de su casa un libro sagrado de salmos y un candil de cinco puntas con una estrella de David. Su mujer, Raquel, estaba dos celdas más allá, por ser cómplice de su marido, y Esther Meir, una vecina suya, estaba condenada por bañarse en viernes antes de la puesta de sol y vestir ropa limpia el sábado, día de descanso judío.
De todos los prisioneros, Simeón Leví era el más insolente, porque aclamaba a Yavé a voz en grito y en ningún momento negaba sus prácticas judías. A lo largo del día no dejaron de acudir unos hombres que se llevaban a los prisioneros uno a uno. A Simeón le trajeron en una carreta sin sentido y con el cuerpo ensangrentado. Su mujer enloqueció al verlo y se declaró inmediatamente judía para no ser llevada a la tortura. Y su vecina, dominada también por el terror, manifestó que había sido obligada contra su voluntad a judaizar, lo que no la libró de volver a su celda con un brazo colgando.
Viendo la triste suerte que corrían sus vecinos, a Pedro empezó a dominarle el pánico, y cada vez que aparecía un carcelero, temblaba de pies a cabeza sin poderse controlar, creyendo que venían a por él. perdió la noción del tiempo. No sabía si era mañana, tarde o noche. Imaginaba que cuando le traían la comida debía ser de día, lo mismo que cuando oía los gritos de desesperación en alguna de las salas de tortura.
Según sus cálculos llevaba allí encerrado cinco días cuando llegó un sacerdote y se metió en la celda de algunos prisioneros, invitándoles a pedir perdón por sus pecados y reconciliarse con Dios. Luego los vió salir de uno en uno hasta un total de ocho.Dos hombres y dos mujeres, entre las que reconoció a Raquel Leví y Esther Meir, llevaban colgado el sambenito amarillo que las obligaba a cumplir un largo periodo de penitencia y a soportar los insultos y humillaciones de sus vecinos, y detrás salieron Simeón Leví y Abraham Yonah junto con otros dos hombres que no reconoció, éstos llevaban el sambenito de color negro, lleno de demonios y llamas infernales, lo que quería decir que habían sido condenados a morir en la hoguera.
Pedro pudo oir desde su rincón el griterío del pueblo, las burlas y los insultos de la gente que se había congregado a la entrada para ver salir a los condenados. Luego escuchó el ruido de las carretas que se alejaban y la voz de Simeón Leví que rezaba a gritos cantos de alabanza a Yavé. Después no oyó más, pero sabía de sobra lo que seguía a continuación. Los llevarían a todos recorriendo las calles, soportando mil humillaciones sin poder defenderse. Los chiquillos les tirarían piedras, los hombres les escupirían en el rostro y las mujeres les arrojarían desde sus ventanas, orines y aguas sucias. Mientras, en la Plaza de Zocodover, otra multitud esperaría impaciente su llegada. Les colocarían sobre montones de leña ya preparada, y el verdugo, con la cara tapada, los prendería fuego. Imaginaba sus gritos desesperados de dolor insoportable, con los cuerpos envueltos en llamas y la gente a su alrededor voceando.
¿Sería aquel auto de fe un anticipo de la muerte que le esperaba a él?

domingo, 11 de agosto de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 6


















Sin embargo la paz y el sosiego absoluto no llegaron al corazón de Pedro como él hubiera deseado.Aún le quedaba una dura batalla que librar en la intimidad de su hogar, con su padre. En su corazón estaba Cristo. La devoción que sentía cuando rezaba en la iglesia no era fingida. Quería seguir ese camino y no otro. No podía seguir judaizando en el sótano de su casa, y estaba decidido a enfrentarse al miedo que le producía la reacción de su padre. Quería llevar su decisión hasta las últimas consecuencias, porque sólo de esa manera podría alcanzar la paz consigo mismo. Y con esta resolución, una tarde, armándose de valor, le dijo:
-Padre, ya no volveré a rezar con vos en el sótano. Soy cristiano de corazón y nada me dice la Ley de Moisés. Callaré para que nadie sospeche de lo que hacéis, pero a partir de ahora no volveré a acompañaros.
Los ojos del padre le miraron incrédulos. ¿Había escuchado bien? ¿Un hijo suyo hablando de esa manera? Notó que un golpe de sangre convertida en ira se apoderaba de su espíritu y dejaba de ser dueño de sus actos. Agarró al muchacho por los hombros fuera se sí, lo zarandeó y después lo abofeteó duramente.
-¡Maldigo el día en que naciste!- le dijo- ¡A partir de ahora has muerto para mí! Seguirás viviendo en mi casa para no levantar sospechas, pero ya no eres hijo mío. El que fue mi hijo en otro tiempo, acaba de morir en este momento..
Pedro quedó con el corazón roto. Nunca en toda su vida había visto a su padre de esa manera, ni él había sentido una pena tan honda. Ser rechazado por los suyos era lo último que hubiera pensado. Aunque, pese a todo, se sentía tranquilo porque ya no tendría que fingir ante nadie y sus obras estarían de acuerdo con sus sentimientos. Sin duda, ese día, Jesús se sentiría orgulloso de él y su Padre de los Cielos no le abandonaría como había hecho el de la tierra. Rechazado por los suyos, muerto de pena y dolor, volvió su mirada hacia Fernando, la única persona en la que podía encontrar apoyo y consuelo.
Y entre tristezas y amarguras, el tiempo fue avanzado hasta llegar el insoportable calor del mes de julio, y con él, un mal del que muy pocas familias se pudieron librar. Una epidemia de cólera barrió aquel lugar de norte a sur y de este a oeste, cebándose en especial con los habitantes toledanos. Las aguas contaminadas ocasionaron tal reguero de muertos que no hubo familia que no se sintiera tocada por el mal, llegando algunas a desaparecer por completo, sin respetar a ninguna clase social. La mortandad fue espantosa. Todos sintieron en sus carnes o en su corazón el horror de la muerte. Los supervivientes veían aterrados como día a día nuevos amigos, vecinos, parientes o familiares allegados, morían de manera atroz, y pensaban que en cualquier momento ellos podrían ser los siguientes. La vida se truncó para muchos cuando a penas habían empezado a vivirla. Murió el joven, la recién casada, la niña pequeña, el padre de familia, el hombre sabio, el anciano, la madre...Los médicos no daban a basto para socorrer a tanto desgraciado. Los sacerdotes tampoco descansaban atendiendo a los moribundos. Las gentes pensaban que se trataba de un castigo divino y por eso salían de sus casas a besar los crucifijos y postrarse de rodillas ante los hombres de la Iglesia. Todos los que caían morían  en unos pocos días. Empezaban con un ligero dolor de vientre, en seguida una diarrea imparable que les deshacía las tripas por dentro, y por último unas convulsiones dolorosas que les hacían poner el grito en el Cielo. Los ojos amoratados y hundidos, y después la agonía y la muerte." ¡Qué Dios se apiade de nosotros!", decían los que quedaban para verlo. Y sin embargo, en medio de tanta desolación, hubo cristianos mal intencionados que echaban la culpa del mal a los judíos, diciendo que ellos fueron los que envenenaron las aguas antes de partir.
Aquel verano de triste recuerdo, Toledo se convirtió en un lugar de miedos, llantos y rezos. Era tanta la angustia que la enfermedad iba dejando, que Pedro y Fernando, se vieron en la obligación de prestar su ayuda a los enfermos, y a las órdenes del famoso físico don Pablo de la Cruz iban de casa en casa dando alivio al que sufría, cerrando los ojos a los muertos y procurando que el sano siguiera estándolo. Hervían las aguas,. quemaban las ropas sucias de los que acababan de morir, salían al monte a buscar hierbas para calmar los espasmos y recurrían a los sacerdotes para que dieran la bendición a los moribundos. Trabajaron sin descanso, sin a penas dormir, dejándose la piel y poniendo su vida en peligro en numerosas ocasiones.
Así pasó todo un largo y terrible verano, hasta que con los primeros fríos, el mal comenzó a remitir, y las iglesias se llenaron de fieles que agradecían al Todopoderoso que les librara de aquel castigo. Y por otro lado, las casas de los judíos conversos también se llenaron de hebreos que daban gracias a Yavé por lo mismo.
Durante todo el tiempo que duró el mal, Pedro había albergado en lo más hondo de su alma, la esperanza de que su padre se retrajera de sus palabras y le concediera el perdón.Comprendía que debió ser un golpe muy duro para un judío que se sentía orgulloso de su pueblo y de su religión, pero posiblemente aquellas maldiciones solo fueran producto de la explosión de ira que le produjo su confesión, y tal vez, pasado un tiempo, quisiera volver a acogerle como hijo. No fue así, sino que en contra de lo que esperaba, toda su familia se puso de luto por él y rezaron la oración de los muertos. En la intimidad le retiraron el saludo y no le dirigieron más la palabra. Comía y dormía solo, apartado en un rincón., sin tener contacto con nadie, como si fuera un apestado. Ni siquiera la noche en que la Inquisición fue a buscarlo, su padre movió un dedo para defenderlo. Entraron de súbito en el comedor de su casa, un martes acabada de entrar la noche, tres hombre vestidos con sayones y la cabeza encapuchada.
-¡Date preso en nombre de la Santa Inquisición!
Pedro quedó mudo y pálido de estupor. Dos de los hombres le cogieron de los brazos, uno a cada lado, y esto evitó que cayera al suelo, pues las piernas no le respondían.Le condujeron hasta la puerta ante el asombro de toda la familia, muda de asombro también.
- ¿De qué se me acusa?- atinó a decir el muchacho con un hilo de voz cuando ya salían .
-¡ De seguir siendo judío en secreto!
Entonces su madre se arrojó a los pies del que hablaba y con un grito de desesperación exclamó:
-¡No! ¡Él es cristiano! Cumple todos los mandamientos de la Santa Madre Iglesia ¡Lo juro, lo juro por Dios y por la Virgen Gloriosa!
-¡Aparta , mujer!- contestó el hombre dando un manotazo a Sara para desplazarla hacia un lado- ¡Eso tendrá que demostrarlo ante el tribunal!
Y se lo llevaron preso, ante el rostro atónito de su padre que se quedó sin poder articular palabra, y los llantos de su madre que imploraban perdón por su hijo.

domingo, 4 de agosto de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 5


















Isahac Leví de Toledo, ahora llamado Francisco Gil de Toledo, había podido conservar sus bienes gracias a su conversión y la de toda su familia. Después de recibido el bautismo cristiano iban a misa todos los domingos y fiestas de guardar, comulgaban y oraban a Cristo con gran recogimiento. Viendo a la familia tan piadosa nadie hubiera pensado que, de puertas a dentro, seguían practicando la Ley de Moisés. Al desaparecer las sinagogas, se reunían en el sótano de su casa para expresar salmos y cantos de alabanza a Yavé. Los viernes por la noche Sara preparaba la odafina, y la dejaba tapada en el fogón para no tener que encender lumbre el sábado, que era el día destinado a la oración. Y por si  alguna vecina le daba el olor al guiso, quemaba cabezas de ajo y sardinas. Cuando llegaba la fiesta de la Pascua, esperaban a que la noche estuviera bien entrada y, sin ser vistos, iban a casa de Isahac Ardutel, el médico, y en su sótano bien escondido celebraban una gran cena junto con otros judíos conversos y leían el Éxodo en un libro con pastas de becerro.
Francisco sabía que, a los conversos como él, les llamaban " marranos", y decían que Dios les condenaría eternamente por no haber sido sinceros en su conversión, pero esa idea sólo sirvió para que él y los suyos se atrincheraran aún más en sus doctrinas, porque secretamente pensaban que Yavé les perdonaría por haber sido obligados a convertirse para sobrevivir.
Sin embargo Francisco ignoraba que su hijo Yosef, ahora llamado Pedro, se sentía cada vez menos obligado a rezar a Cristo. A fuerza de frecuentar las iglesias iba descubriendo otra doctrina diferente a la suya, otra visión distinta de la religión que siempre le habían inculcado. La figura de Jesús, precisamente por estarle prohibida hasta entonces ejercía una gran atracción sobre él, y ahora estaba teniendo la oportunidad de conocerla.Desde muy niño se había preguntado qué le pasaría a aquel hombre que estaba clavado en la cruz, cuál había sido su historia y su pecado para ser condenado a morir de esa manera. Nunca preguntó nada en su casa sobre ello por miedo a la reprimenda de su padre, aunque muchos interrogantes tenía en su cabeza, y no fue , hasta unos meses después de su conversión, cuando todas sus preguntas empezaron a tener respuesta
Empezó a sentir una especie de admiración incontenible por aquel Hombre que había dado su vida por la Humanidad, y atraído por sus padecimientos y por la doctrina de amor que predicaba se empapó de su vida, su obra y sus enseñanzas. Todo ello fue a desembocar en la convicción de la naturaleza divina de Jesús y en un sincero deseo de seguirle.
Todos estos pensamientos nuevos para él contrastaban de lleno con lo que su padre siempre le había enseñado y lo que había aprendido en las escuelas rabínicas. Pero él se sentía feliz cuando los domingos recibía el cuerpo de Cristo, y cuando se veía en apuros invocaba a Jesús y rezaba a la Virgen María en  secreto, para que su padre no lo descubriera, y ya cada vez le decían menos las reuniones en el sótano.
Sin embargo sentía un miedo atroz a ser descubierto, a que le vieran judaizando cuando en realidad él se sentía ya cristiano en cuerpo y alma, y cuando su familia le obligaba a reunirse para orar a Yavé lo hacía temeroso por él y por todos ellos. La Inquisición los vigilaba día y noche para juzgarlos y condenarlos sin piedad en caso de sospecha. No podía borrar de su mente la imagen de los condenados a muerte ardiendo en las hogueras de la Plaza de Zocodover, con algunos cristianos alrededor complacidos de ver quemados a los perversos judíos.El recuerdo le produjo náuseas aunque ya había pasado bastante tiempo.
¿ Cómo podían aquellos cristianos que predicaban el amor a los cuatro vientos cometer tal crueldad?
Él era ya cristiano en lo más profundo de su corazón, ya no le cabía duda, pero pensaba en el fondo que ese mismo Dios perdonaría a sus padres y hermanos judíos el día del Juicio Final, ¿Pues cómo iba a condenar un Padre a sus hijos solo porque se hubieran equivocado al rezar? Si, los perdonaría, no por haber sido obligados a convertirse para salvar su hacienda,como pensaba su padre , sino porque Él era el Padre y ellos sus hijos ¿Y qué padre no perdona a un hijo?Y después de todo ¿ no invocaban al mismo Dios? ¡Qué más daba que se llamara Dios, Yavé o Alá!

domingo, 28 de julio de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 4


















Y mientras esto ocurría en la casa de Yosef, en la de Elías todavía mantenían la esperanza de que el Decreto se revocara en el último momento, pero ya estaban a primeros de julio y no sucedía nada, muy al contrario, los caminos se llenaban cada vez más de tristes desterrados en busca de un lugar donde empezar de nuevo. Había llegado el momento de convertirse o partir. Y la decisión estaba clara. Ni Elías ni ninguno de su familia se sentían con fuerzas para renunciar a su fe o para fingir que lo hacían. De modo que, perdida toda esperanza, también ellos empezaron a movilizarse.
-¡Conviértete, y podrás quedarte- le decía a Elías su amigo Fernando con el corazón dolorido.
- No puedo hacerlo. No puedo renunciar a mi condición de judío. Me faltan las fuerzas.
- Pero puedes fingir que te conviertes y seguir practicando tu religión. Muchos lo están haciendo para poder quedarse.
- Si, ya sé que muchos lo están haciendo, y respeto su decisión, pero en mi caso no es posible. No sé fingir, Fernando. Siento que debo actuar con el corazón y hacer lo que él me dicte. Mis creencias y mis actos tienen que ir a la par.
Abraham Bueno, el padre de Elías, vendió su casa. Aquella en la que pensaba que vería la luz por última vez y que después heredaría su hijo. De buena gana la hubiera quemado como sabía que estaban haciendo en las juderías de otras ciudades. Antes comida por el fuego que ver cómo gentes extrañas ocupaban lo suyo. Pero necesitaba el dinero, y  no sólo tuvo que vender la casa, sino también la huerta y cuantos objetos de valor tenía, que ya no podían salir del país con oro ni plata.
 Partió una mañana  clara y despejada, con las primeras luces del alba, después de subir al fonsario, donde enterraban a los muertos. Sumido en un profundo dolor buscó la piedra en la que figuraban los nombres de sus padres y abuelos, y oró en silencio, despidiéndose de lo que más quería. Entristecido, bajó con pasos lentos hasta la casa donde estaba ya preparado el burro que habría de ayudarles, a él y su familia, a llevar sus escasas pertenencias hasta el puerto de Valencia, y desde allí a Salónica, donde le esperaban algunos de sus parientes más cercanos. Abraham comenzó  la marcha cabizcajo y toda su familia le siguió. Elías iba en último lugar, sentía un hilo invisible que le ataba impidiéndole avanzar. A cada instante miraba hacia atrás intentando retener su casa en la memoria, para que quedase bien grabada en el recuerdo, sin perder un detalle, por muchos años que pasaran.
Al salir por la puerta de la Judería le estaban esperando sus amigos, Fernando y Yosef. aquellos que siempre habían sido como sus hermanos. De buena gana hubieran partido con él, solo por ver aliviada su tristeza. Los tres se miraron en silencio, conscientes de que esa sería ya la última vez que lo hacían. No supieron qué decirse. Era un sentimiento tan hondo el que notaban , que les abrasaba las gargantas y les impedía pronunciar palabra .Fernando y Yosef empezaron a caminar junto a Elías un largo trecho. Al pasar por la huerta que fue de su amigo, tomaron un puñado de tierra y lo guardaron en una bolsa. Después se lo entregaron a Elías y éste se lo colgó al cuello. Siguieron todavía un trecho más. Toledo empezaba a quedar lejos. Ya no se veía el Tajo ni tampoco las casitas con su catedral en medio, ya solo se veían olivares y un largo camino seco y polvoriento. Llegaba la hora de la despedida, aunque habían tratado de retrasarla al máximo, pero al llegar a un recodo, Elías se detuvo:
-Ha llegado el momento- dijo
Y se fundió con los otros dos en un estrecho abrazo
- Una parte de mí se queda aquí para siempre- añadió
- Y una parte nuestra se va contigo- contestaron sus amigos
Elías marchó.Yosef y Fernando lo vieron alejarse con el paso cansado y la cabeza gacha. Ya no miró hacia atrás ni una sola vez y cuando desapareció por el camino sus amigos volvieron a Toledo.
La ciudad lloraba. La Judería había quedado desierta y silenciosa. Los que en otro tiempo le dieron vida y alegría marchaban angustiados hacia un futuro incierto. Allí quedaba todo cuanto tenían, su fortuna y su hogar. Muchos partieron con la llave de sus casas atada al cuello, y la acariciaban mientras iban camino de un puerto cualquiera o de tierras portuguesas.
Poco después de su marcha, el barrio judío fue regalado a la Parroquia de Santo Tomé. La sinagoga del Tránsito, que tantas veces les sirvió para rezar e invocar a Yavé, fue donada por los Reyes Católicos a la Orden de Calatrava y convertida en iglesia. Pero aún hubo más, porque la reina Isabel en su afán de borrar de la faz de la tierra cualquier resto que hubieran dejado los hebreos, ofreció a la catedral toda la piedra que había en el cementerio judío para ser utilizada en edificios. De modo que ni siquiera las cenizas de sus difuntos pudieron descansar en paz en su tierra patria.

domingo, 21 de julio de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 3


















Y llegó mayo con sus campos floridos, más la esperada revocación del Decreto no llegó. Isaac ya había visto mucha gente que se había marchado. Al principio eran pocos los viajeros que se veían por los caminos de  salían de Toledo, pero después paulatinamente, se fueron llenando de más y más gente. Gente que él conocía muy bien porque se trataba de vecinos, amigos, e incluso parientes. Tuvieron que vender sus hogares y todas sus propiedades. Salieron con lo puesto. La mayoría viajaban a pie o a lomos de asnos hacia tierras de Portugal o de Valencia, llevando atada al cuello la llave de las casas que nunca más volverían a habitar.
Sin remedio la Judería, antes rica y ostentosa, iba quedándose callada y triste. La comunidad judía había quedado muy reducida y la mitad de las casas estaban desiertas. A aquellas alturas era fácil saber quien se había convertido al cristianismo para salvar su vida y sus posesiones y quien seguía practicando la doctrina de Yavé y evitaba el trato con cristianos.
Isaac Leví de Toledo se estaba quedando solo en su barrio. El plazo señalado llegaba a su fin y él todavía no había tomado una decisión firme. La gente a su alrededor empezaba a mirarle mal, porque ni se había convertido al cristianismo, ni se le veía con intención de partir, y en cambio, seguía practicando la Ley de Moisés como si nada ocurriera. Y es que, en verdad, la decisión era difícil. Si optaba por la partida, no tenía dónde ir. Aquí, en esta tierra, estaba su casa, su negocio, su vida. Aquí habían nacido sus padres, sus abuelos, sus propios hijos. Se sentía castellano hasta la médula. Castilla era su patria y si le echaban de su patria ¿dónde podría ir? Pero si se quedaba...Tendría que renunciar a sus creencias, a su forma de vida, a su fe y a su propio pueblo ¿qué hacer? ¿qué hacer? ¿qué hacer? Era la pregunta que martilleaba día y noche en su cabeza, sin dejarle ni un minuto de sosiego.
A finales de aquel mes de mayo, la situación se había hecho tan insostenible que un atardecer mandó llamar a Sara, su mujer, y a sus dos hijos mayores, y en el rincón más apartado del sótano, les habló de sus pensamientos y conclusiones:
- Ya conocéis que la desgracia ha caído sobre nuestras cabezas desde el treinta y uno de marzo pasado. Ya veis que nada ha vuelto a ser igual, y que la mayor parte de nuestros hermanos judíos ya han tomado una postura. Nosotros debemos hacerlo cuanto antes porque ya son muchos los que nos miran recelosos.
Dejó de hablar, tragó saliva y después con voz nerviosa y débil, añadió:
-No podemos abandonar esta tierra nuestra en la que echamos raíces hace siglos, por eso nos convertiremos al cristianismo.
Sara palideció y sus dos hijos no pudieron evitar que de sus gargantas se escapara un gemido de asombro. El padre continuó:
-Sólo será exteriormente, en el fondo seguiremos siendo los mismos. Aceptaremos a Cristo por fuera y seguiremos implorando a Yavé y guardando sus leyes. Iremos a misa los domingos y fiestas de guardar, ayunaremos en Cuaresma y cumpliremos todos los preceptos que la Iglesia mande; pero en secreto, guardaremos el Sabbat, y en secreto celebraremos la Pascua y todas las demás fiestas. Sé que es muy difícil lo que os pido, pero es la mejor salida que veo en estos momentos. Otros lo han hecho antes, y lo siguen haciendo para no tener que partir. Nosotros lo haremos igual y nos guardaremos mucho de decirlo a nadie, ni tan siquiera a la pequeña Raquel. Ella no participará en nuestras celebraciones hasta que no tenga edad suficiente, pues podría delatarnos sin intención. Delante de ella y de todo el mundo seremos cristianos. Cristianos siempre pase lo que pase, nos va la vida en ello.
Siguió un silencio profundo. Se necesitaba tiempo para asimilar las palabras del padre y nadie osó contradecirle. Sólo Yosef quiso preguntar lo que no comprendía:
-Pero...¿ por qué, padre? ¿por qué sienten los cristianos este odio hacia nosotros? ¿por qué ha venido esto tan de repente?
-El motivo del odio lo desconozco, hijo. Lo que si sé es que no ha sido algo repentino. Antiguamente, mucho antes de que tú nacieras, la vida y la integridad de los judíos, lo mismo que la de los moros, estaba garantizada por ley, y se condenaba con unas multas muy fuertes a quién osaba darles muerte. Sin embargo, el pueblo no se acostumbraba a vernos tan favorecidos siendo de una religión tan distinta a la cristiana. Sin saber cómo nos ganamos la enemistad popular, y a pesar de que estaba penalizado hacer daño a los hebreos, no faltaron nunca matanzas indiscriminadas que se hacían de forma repentina. La peor de todas fue hace muchos años, un catorce de agosto, víspera de la fiesta cristiana de la Asunción de María. Decían que la Virgen de Toledo estaba dolida porque consideraba un sacrilegio nuestra fe, y nos culpaban de la muerte del rey Alfonso y de su hijo Sancho. En realidad nos hacían culpables de cualquier desgracia que viniera. Pero como digo, aquel catorce de agosto, la multitud enfurecida entró en nuestras casas y haciendas dando muerte a gran número de inocentes, entre los que se contaban personas notables de nuestra religión. Las calles se llenaron de sangre y de cadáveres y no se conoció familia que no tuviera algún luto que guardar. Muchos de los judíos supervivientes, aterrados por la matanza de la que habían sido testigos, corrieron a recibir el bautismo como único medio de salvarse. También los hubo que prefirieron morir orgullosos de confesarse judíos.Y también, todo hay que decirlo, hubo cristianos compasivos que trataron de detener aquella locura, aún poniendo en peligro sus vidas.
Yosef ya no quiso escuchar más. No quiso ahondar en lo que resultaba tan desagradable. Seguía sin saber el porqué de tanto odio pero estaba empezando a comprender que muchas preguntas se iban a quedar sin respuesta, porque no obedecían a ninguna lógica sino más bien a la sinrazón de un pueblo que les había jurado odio eterno.
- Mañana mismo recibiremos el bautismo y nos confesaremos cristianos ante todo el mundo- concluyó el padre dando por terminada la reunión.

domingo, 14 de julio de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPÍTULO 2




Y el tiempo pasó. Los fríos se fueron alejando y los días se alargaron hasta llegar al treinta y uno de marzo de triste recuerdo para muchos.. Aquella misma mañana, muy temprano, el pregonero recorrió las calles y plazas, leyendo fuerte y claro el Decreto que los Reyes querían hacer público y que se llevara a cabo en todos los rincones del país. Decía así:
"Don Fernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios, Rey y Reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Granada...
Sabed que, al ser informados de que en nuestros reinos algunos malos cristianos judaizaban, de lo que tenían mucha culpa la comunicación de los judíos con los cristianos, mandamos apartar a los judíos de todas las ciudades y villas, y darles juderías y lugares separados...
Pero como parece que los judíos siguen, por cuantas vías pueden, apartando a los cristianos de la verdadera fe y que el daño está siendo muy grande, acordamos por consejo de algunos prelados y grandes caballeros, y de otras personas de ciencia y de conciencia, mandar salir a los judíos de nuestros reinos, y que jamás tornen ni vuelvan, so pena de que si lo hacen, incurrirán en pena de muerte y confiscación de sus bienes..."
Continuaba  diciendo el Decreto, que el plazo para llevar a cabo lo antes dispuesto era de tres meses, por lo que empezaría a aplicarse a partir del treinta y uno de julio, hasta entonces, podrían convertirse al cristianismo y seguir viviendo en su tierra, o de contrario, tendrían que marcharse, debiendo vender sus bienes y transformarlos en letras de cambio, pues la salida de materiales preciosos estaba prohibida.
También se prohibía a los cristianos, que pasado el plazo, dieran cobijo, protegieran o defendieran a ningún judío, bajo la pena de perder todas sus propiedades y riquezas.
Los judíos que se habían congregado para oir la proclama del pregonero no podían creer lo que acababan de escuchar. El estupor se había apoderado de ellos y el silencio se hizo rey a una hora en el que el bullir de la gente era cotidiano.
Los primeros en reaccionar se preguntaban cómo era posible que ocurriera algo así, cuando los judíos siempre habían estado al lado de los poderosos actuando como consejeros y prestándoles el dinero que les pedían para sus arriesgadas empresas. ¿No había sido la propia Reina Isabel la que acudió a un prestamista judío para empeñar sus joyas y recibir así el dinero que financiara la guerra con los moros de Granada? ¿ y no era el pueblo judío el que pagaba desorbitantes impuestos con los que sufragar los gastos de la Corona?
- Ya no nos necesitan- decían algunos- La guerra con los moros ha terminado. Se han servido de nosotros y ahora nos echan.
- ¡Será una falsa alarma!- comentaban los más optimistas- Ya vereis como al final todo se arregla, como ha ocurrido otras veces. Los Reyes nos necesitan. Necesitan nuestro dinero.
-La culpa es de la malvada Isabel .Ahora teme que nuestra religión pueda contaminar la suya, pero antes bien que se arrimaba a nosotros...
Yosef, Fernando y Elías no se enteraron de la publicación del Decreto hasta bien entrada la mañana, cuando regresaban de las riberas del Tajo donde habían estado pescando. Ya subiendo por la Roca Tarpeya oyeron gran bullicio y agitación de gente, un ir y venir con los rostros demudados. Y ya desde ese momento sospecharon que de algo grave se trataba. Preguntando aquí y allá, cogiendo algunos retazos de las conversaciones de sus vecinos, se enteraron de la triste nueva. Fernando no supo qué decir a sus dos amigos, no podía evitar sentirse avergonzado,pero...¿qué podía hacer? ¡Él no quería separarse de sus compañeros! Yosef y Elías tampoco supieron qué hacer. Sentimientos contrapuestos se entremezclaban en sus corazones.La rabia, el dolor, la incertidumbre, el miedo. El odio a unos Reyes que tan injustamente les trataban y el cariño a los vecinos cristianos que se habían portado bien con ellos ¡Cómo podía cambiar todo en un instante!La alegría que traían unos minutos antes se esfumó por arte de magia, y tristes y desolados marcharon a sus casas respectivas.
Nada fue igual desde aquel treinta y uno de marzo. La dudas y la incertidumbre fueron la tónica general entre todo el pueblo judío. En sus dolidos corazones esperaban que en cualquier momento los Reyes anularan el Decreto, y volvieran a sacarles el dinero aumentando los impuestos, como había pasado otras veces, pero no estaban seguros de que eso fuera a pasar y la zozobra se respiraba en cada calle, en cada casa, en cada familia. Ya no iban alegres a trabajar en las huertas y granjas, ni tampoco los negocios de compra venta se hacían.
Los muchachos ya no salían a corretear por las calles, ni se les escuchaba cantar los nuevos romances. Y todavía fue peor cuando entre los miembros de una misma familia empezó a haber discusiones y rencillas. Porque los que pretendían convertirse al cristianismo para mantenerse en la tierra de sus padres, chocaban con los que se mantenían firmes en practicar el judaísmo hasta la muerte. " Solo cambiaremos por fuera, en el fondo seguiremos al lado de Yavé, como lo hemos hecho siempre. Él nos perdonará porque sabe que estamos siendo obligados". Y los otros contestaban" Lo que se hace debe estar a par con lo que se siente.Los que fingen traicionan a su Dios y a su Pueblo". Y de este modo empezaron muchas disputas entre ellos mismos. Los vecinos se miraban con recelo, los amigos de toda la vida discutían, los hermanos dejaban de hablarse y hasta en muchas casa, los padres renegaban de sus hijos cuando éstos les dijeron que pensaban convertirse. El revuelo fue grande y el pesar muy hondo.

sábado, 6 de julio de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO. CAPITULO 1 ( continuación)

















( continuación)
Hasta la primavera del año antes mencionado ( mil cuatrocientos noventa y dos), la familia Leví de Toledo había vivido una existencia tranquila y sin sobresaltos. Como buenos hebreos, practicaban puntualmente todos y cada uno de los preceptos a los que les obligaba su religión, el Sabbat, la Pascua, la asistencia  a la sinagoga...No se les conocían enemigos, ni entre sus gentes ni entre los cristianos con los que siempre habían tenido relaciones cordiales.
No era Isaac persona a la que le gustara crear enemistades con nadie, prefería mantenerse franco y abierto con todo el mundo, y desoía las advertencias que algunos de sus vecinos le hacían con relación a los cristianos, y para demostrar que él no guardaba ningún recelo a nadie tomó como criados a una familia seguidora de Cristo, que le servía con gran discreción y fidelidad.
Llegaron a su puerta una mañana de febrero, en el más absoluto desamparo. El padre acababa de morir, y la madre había quedado viuda con dos hijos, uno de siete años y otro de uno. Isaac sintió tanta lástima que les dió cobijo a cambio de sus servicios, y gracias a él aquellos niños no volvieron a pasar hambre ni frío.
El más pequeño de los dos se llamaba Fernando y se convirtió, con el paso de los años en un mocete fuerte y robusto.Tenía la misma edad que Yosef y fueron compañeros inseparables de juegos desde la más tierna infancia. Con ellos también iba muchas veces, Elías, el hijo de Abraham Bueno, que era vecino de Isaac y se dedicaba al comercio de paños.
 Ni Abraham ni Isaac pusieron ningún impedimento para que sus hijos, judíos como ellos, compartieran juegos con un muchacho cristiano, siempre y cuando se respetaran las creencias de ambos. De ese modo los tres mocetes crecieron en un clima de total tolerancia y su amistad estuvo siempre por encima de todas las habladurías malintencionadas que circulaban por entonces. El tema religioso jamás salía en sus conversaciones, ni estaba nunca presente, cuando en las tardes de primavera subían al monte a gritar desde las piedras algún romance, o a reír a carcajada limpia abriendo los brazos para dejar que el viento frío azotase sus cuerpos. ¿Qué importancia podía tener en ese momento las creencias de cada uno? La gente se había acostumbrado a verlos corretear por las calles, y en las plazoletas, jugar a las tabas o a la peonza. Sólo de vez en cuando alguna vecina malhumorada salía por la ventana a regañarles por escandalosos y tirarles un cubo de agua para callar su alboroto.
Así de felices eran y así de despreocupados vivían, hasta que un atardecer, de camino a su casa, cerca ya de la Puerta de Montichel que daba entrada a la Judería,vieron al viejo curtidor de cueros, en la puerta de su taller,que muy enojado gritaba con un palo en la mano:
- ¡Al ladrón, al ladrón!
Sin darse tiempo para pensar nada, los tres muchachos corrieron al callejón donde indicaba el pobre hombre, pero al llegar allí a nadie encontraron y desilusionados volvieron sobre sus pasos.
El establecimiento de cueros había quedado seriamente dañado, la mercancía por el suelo, los cristales rotos y en la puerta una pintada con carbón que decía ." ¡Cerdo judío! ¡Arderás en el Infierno Eterno!". El propietario no dejaba de llevarse las manos a la cabeza y de maldecir a aquella cuadrilla de cristianos malditos que le habían arruinado el negocio.
 Los tres amigos quedaron pensativos.
Entonces Fernando trató de quitarle importancia al asunto:
- ¡No hagáis caso! ¡Estarían borrachos!
- Tienes razón, Fenando, marchemos a casa que la noche se acerca- concluyó Elías
Y los tres muchachos se despidieron
Yosef, sin embargo, no quedó tranquilo. La suposición de Fernando no le había convencido. Esa gente sabía bien lo que se hacía, y cada vez eran más frecuentes este tipo de atropellos en las inmediaciones de su barrio. Pero...¿ a qué venían esos insultos?  ¿ y qué de malo había en ser judío? Los judíos se ganaban la vida honradamente y no se metían con nadie ¿ a qué venía eso de llamarles cerdo?
Muchas fueron las preguntas que a partir de entonces se haría Yosef, y muy pocas las respuestas que podría encontrar.

domingo, 30 de junio de 2013

TIEMPOS DE CAMBIO

INTRODUCCIÓN



















La historia que voy a contar ocurrió en España hace cientos de años. Comenzó en mil cuatrocientos noventa y dos, durante el reinado de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, y tuvo lugar en Toledo, que entonces era una de las ciudades más importantes de España.  Se dice que en plena Edad Media consiguieron vivir en ella pacíficamente, judíos , moros y cristianos, lo que le valió el sobrenombre de "Ciudad de las Tres Culturas", pero con el tiempo fueron las comunidades judía y cristiana las que tomaron más fuerza en detrimento de los árabes
Ambas vivían en paz, pero en barrios separados y sin mezclarse unos con otros. Practicaba cada una sus dogmas religiosos y tradiciones.  Los judíos, aunque eran menores en número, gozaban de negocios florecientes y muchos de ellos habían conseguido llegar a las esferas más altas de la sociedad o tenían oficios de gran prestigio.La Judería toledana se situaba en la zona suroeste, y en ella se alzaban sus ricas viviendas y espléndidas sinagogas que daban prueba de la buena situación económica de la que gozaban la mayoría de los hebreos.
Frente a ellos estaban los cristianos, ocupando el resto de la ciudad en barrios más humildes. Eran superiores en número y su situación socio-económica mucho más desfavorecida. Pero eran mayoría y ejercían la supremacía en sus tradiciones y dogmas religiosos. Y aunque muchos cristianos acudían a veces a los negocios de los judíos o a solicitar sus servicios, la verdad es que sentían auténtica aversión hacia ellos. Sus costumbres y creencias no eran bien toleradas, ni siquiera por la Iglesia, que no pocas veces había instigado para aumentar el odio hacia este pueblo.
Afortunadamente esto solo lo consiguieron en parte, porque pese a sus esfuerzos, aún quedaban por aquellos años gran número de cristianos que respetaban a sus vecinos judíos y los dejaban vivir en paz.
Este es el caso que nos ocupa hoy. Una historia de amor y de odio entre dos pueblos aparentemente irreconciliables, en unos años difíciles y turbulentos, en los que la religión lo ocupaba todo, sin libertad de elección. Es la historia de tres muchachos, de sus dudas y temores, de sus tristezas y sus alegrías, y sobre todo, de la dificultad para mantener su amistad en un mundo plagado de rencillas e intolerancia. Pero también es una historia que tiene a la esperanza como la verdadera protagonista, y en la que triunfará la verdad por encima de todo.

CAPÍTULO 1














A comienzos del año mil cuatrocientos noventa y dos vivía en la Calle del Ángel, un rico platero llamado Isahac Leví de Toledo. Pertenecía a una de las familias más distinguidas de la comunidad judía. Su habilidad en el arte de tallar la plata o el oro, no sólo era bien conocida en todo Toledo, sino que hasta de Sevilla y Granada venían a hacerle encargos. Esto le permitió tratarse con numerosos nobles y personas influyentes de la época, ampliar sus negocios y mejorar las condiciones de su vivienda. En ella nació y vivió una infancia feliz, pese a que sus padres murieron de fiebres siendo él un niño de corta edad, y fue su abuelo Moisés quién tomó las riendas de su educación..Allí fue también donde conoció a Sara, cuando apenas había dejado atrás la niñez, y se estaba convirtiendo en un adolescente largo y espigado.
La primera vez que la vió iba acompañada de su padre, que fue a tratar con su abuelo de un negocio que tenían pendiente.Desde entonces la imagen de la joven Sara quedó grabada en su mente, haciéndole perder el sueño y el apetito. El abuelo, que reconoció en seguida aquellos síntomas, comprendió que la única enfermedad que padecía su nieto era la del enamoramiento, y con las mismas fue a casa de su amigo a pedir la mano de su hija.Éste se sintió muy complacido de emparentar con la familia Leví, con la que siempre había tenido buenos negocios y unas relaciones inmejorables.
Meses después se casaron los dos jóvenes con el beneplácito de las dos familias y se instalaron en la casa que siempre había sido de los Leví de Toledo. Allí también nacieron todos los hijos habidos en el matrimonio.
Al mayor, Moisés, le pusieron el mismo nombre del abuelo y fue el que con mayor interés continuó la tradición familiar en el taller de su padre.
Al segundo le llamaron Yosef y era tan distinto al mayor que ni siquiera parecían hermanos.El primero tímido y poco hablador, el segundo abierto y dicharachero. Siempre dispuesto a la broma o al chiste. Tenía doce años y aún no sabía lo que hacer con su vida.Su padre le enviaba a la escuela rabínica de la Travesía del Arquillo para que aprendiera de los buenos rabinos las enseñanzas del Talmud, pero a Yosef  parecía no interesarle demasiado y prefería pasar el tiempo jugando en la Judería con otros muchachos de su edad. A Isahac le preocupaba que su hijo estuviera tan suelto. Creía que ya tenía edad de pensar en algo más serio que estar todo el día corriendo o arrastrado por el suelo sin hacer nada de provecho que le sirviera en el futuro. Su mujer le tranquilizaba:
-Aún es muy niño. Ya verás como el tiempo le hace cambiar.
-¡ Moisés a sus años ya me ayudaba!
-Si, pero todos los niños no son iguales. Yosef es un buen chico y no cabe duda que aprenderá a ganarse la vida.
Y por último, cerrando el grupo de hermanos, estaba la pequeña Raquel, de cuatro años, sin otro quehacer que seguir a su madre a todos lados pareciendo su sombra...( continuará)


lunes, 24 de junio de 2013

CUADERNO DE COLORES SE VISTE DE VERANO

Realizado por el Hada de los Cuentos

Se acerca el calor, y también las vacaciones. Los docentes estamos ya a las puertas del  merecido descanso veraniego. Atrás van quedando, cada vez más lejos, las programaciones, las reuniones, los claustros, las clases con niños...y se ve el futuro próximo mucho más relajado, cerca de la playa o de la montaña, o simplemente en casa distraidos en otros quehaceres diferentes a los del invierno.
Por eso este blog va a hacer un paréntesis en los temas educativos y vamos a tomar como centro de atención la lectura.
El verano pasado publiqué un trabajo sobre la vida y costumbres de nuestros abuelos en forma de cuento- diario, que gustó mucho a los que lo siguieron. Pues bien, animada por aquella buena acogida , este año me he decidido a publicar otro relato. Esta vez ambientado en la época de los Reyes Católicos, en el momento de la publicación del Decreto de Expulsión del pueblo judío, cómo se vivió aquello y de qué manera removió todos los cimientos de la sociedad judía y cristiana de entonces. Veremos de qué manera afectó a la amistad de unos muchachillos que se encontraban muy lejos de entender toda aquella lista de intransigencias.
El cuento está ambientado en la ciudad de Toledo. Para los que la conozcan verán reconocidos muchos lugares de los que aparecen. Espero que os tenga entretenidos estos dos meses.
Pero hoy, para ir abriendo boca, y como hemos acabamos de estrenar verano y una radiante y espléndida luna llena, os dejo este poema en el día de San Juan y estas ilustraciones.

NOCHE DE LUNA LLENA
Realizado por el Hada de los Cuentos

 En las noches estrelladas de verano
tal como ésta, en la que me encuentro,
me viene el recuerdo de otras noches
que pasaron hace mucho tiempo

-Mamá ¿Damos un paseo?
-Está oscuro, no veremos
-Hay luna llena que ilumina todo el cielo.

Y las dos mujeres se adentran
paseando tranquilas y sin miedo
por el camino de las acacias
que llega a lo alto del cerro.

Las luciérnagas y los grillos las acompañan
con su dulce cantar estivalero,
la luna juega al escondite
entre las ramas de los árboles viejos.

Una estrella se corre en el cielo
y la madre le cuenta a la hija
historias de su infancia,
de sus veranos en el pueblo.

Rodeadas de naturaleza
las dos mujeres disfrutan del momento.
Bañado su cuerpo en plata
intentan después, conciliar el sueño.

Pilar Argés




DÍA DEL DOCENTE

Celebramos el Día Mundial del Docente en  EL BAÚL DE RITA . Pásate a verlo.